La Leyenda de Karaí Octubre

El litoral argentino recibe al “Karaí Octubre”, un personaje de nuestra mitología regional.
Este hombre que ahora trenza su látigo de ysypo resguardado en
las anchas alas de su raído sombrero de paja vive solo en el monte.
Nadie lo ve sino una sola vez al año. Aparece para comprobar que se
cumpla la tradición de siempre el primer día de octubre. Viene
preparado, con su rebenque listo para castigar a quienes se atrevan a
desafiar la costumbre.
Le interesa sobremanera la cocina de
cada casa. Pasa hasta donde las ollas están hirviendo sin importarle
nada más. Lo ha hecho durante siglos. ¿Quién podría cuestionar su
actitud?
Malhumorado y hombre de pocas pulgas el
Karai se pasea por los poblados
haciendo sonar su látigo para anunciar su llegada. Las mayoría de las
mujeres le ceden el paso y le dejan espiar en las ollas. Pero aquellas
que no han seguido la tradición, pretenden ahuyentarlo, temerosas. Esas
no se salvan del castigo.
Karaí Octubre le llaman. Medio petisón es el hombre y su ancho sombrero
lo achata aún más. Lleva puestas unas ropas roñosas y, como ya dijimos,
hace sonar su rebenque antes de entrar a espiar en las cocinas y en las
ollas.
Karaí Octubre es la pobreza, la miseria, las penurias. Se le ahuyenta
solamente con una olla repleta de comida. Si no encuentra suficiente, se
queda con esa familia para todo el año y, además de los rebencazos, la
miseria les acompañará por todo el año, con sus nefastas consecuencias.
De ahí que en todas las casas, cada primero de octubre, no falte el
puchero bien servido. De esa forma la conciencia de toda la familia
quedará tranquila por el resto del año. En cambio aquellos que se
resistan y mezquinen la comida de ese día tendrán que convivir con el
hambre por el resto del año. Esta tradición enseña al campesino a prever
el alimento para los suyos durante los meses de “vacas flacas”, época
que
se inicia en octubre y que abarca los últimos meses del año.
El premio es para los previsores.
El castigo, para los haraganes.